LA VIDA DE LOS OBREROS EN EL SIGLO XIX
Las viviendas y familias de la sociedad obrera del siglo XIX en Europa eran muy diferentes de las actuales. A lo largo de la historia, las sociedades han ido cambiando y se han ido modernizando y, gracias a ello, hoy día no tenemos esa ínfima calidad de vida que antes había.
Antiguamente, las viviendas obreras eran muy pequeñas y estrechas, a pesar del gran número de inquilinos que la residían. Las condiciones higiénicas eran precarias, pues las casas no tenían agua corriente y tampoco se disponía de una red de alcantarillados. Las necesidades básicas se hacían en una letrina o retrete que se situaba en el exterior de la vivienda y todos los residuos iban a parar a un pozo ciego. Cerca de las casas se encontraban los talleres de maquinaria, los cuales suponían un ruido continuo que, a la larga, resultaba molesto. Las cuadras u otro tipo de lugar donde habitaban animales se situaban cerca de las viviendas, y producían un olor desagradable. Los excrementos de estos atraían a insectos que podían provocar numerosas enfermedades. A veces, el corte con cualquier herramienta que estuviese infectada provocaba la aparición de la enfermedad del tétano, que en esa época llegaba a ser mortal por no existir medicina que lo curase. La gran acumulación de objetos que había en aquellas casas era inevitable por el poco espacio que poseían. Una misma habitación servía de cocina y de dormitorio, y en ocasiones dormía más de una persona en una misma cama. Además, por aquellos tiempos se pensaba que bañarse a menudo provocaba enfermedades, una razón más para darse cuenta de la ausencia de higiene en esos tiempos.
En la Europa del siglo XIX, los niños y las niñas de las familias obreras no iban a la escuela o la abandonaban a edades muy tempranas (a partir de los 7 años), para comenzar a trabajar, pues era indispensable el salario de varios inquilinos de la casa para afrontar todos los gastos en la familia. El índice de analfabetismo era muy elevado. Tanto niños como mujeres eran explotados laboralmente, pues la jornada duraba entre 12 y 16 horas y, aún realizando el mismo trabajo que los hombres, cobraban la mitad. No existían vacaciones ni tampoco el derecho a atenciones médicas. La mala alimentación y el exceso de trabajo provocaban que muchos niños cayesen enfermos constantemente, eso sin contar con los malos tratos que solían recibir. El capitalismo que surge de la revolución industrial fue el causante de esto, pues la burguesía construyó las fábricas, compró las máquinas e hizo que las condiciones de vida y de trabajo de los obreros fuesen lamentables. No había medidas de seguridad e higiene en las fábricas y con frecuencia se producían accidentes, pues las partes móviles de la maquinaria no disponían de la adecuada protección.
Los trabajos que realizaban los niños y adolescentes eran poco especializados, algo repetitivos y bastante peligrosos, como arrastrar vagonetas en las minas o anudar hilos bajo los telares. Sin embargo, el trabajo que realizaban éstos resultaba ser uno de los más atractivos para los empresarios pues los salarios que les pagaban eran más bajos. De este modo, los empresarios se enriquecían más.
Estas condiciones tan injustas hicieron que los obreros (proletariado), protagonizasen su propio movimiento para aumentar su calidad de vida, exigiendo la supresión del trabajo infantil, la reducción de la jornada laboral y el aumento de salarios. Comenzó la lucha de la clase obrera.
Clara Gómez Romero
viernes, 5 de junio de 2009
martes, 2 de junio de 2009
Sociedad del siglo XIX: La vivienda y la adolescencia.
La sociedad del siglo XIX era una sociedad aún dividida en clases donde la burguesía tenía el máximo poder. Se estaba sufriendo el éxodo rural, que hacía que las familias emigraran a la ciudad en busca de trabajo en fábricas, trabajos que resultaban tener unas condiciones nefastas y donde las jornadas laborales superaban las 14 horas con salarios excesivamente bajos que no permitían llevar unas condiciones de vida favorables.
Las casas eran muy pequeñas e incómodas, situadas tras los talleres donde pasaban la mayor parte del día trabajando y junto a las cuadras donde se encontraban los animales. En una minúscula residencia para apenas un matrimonio, llegaba a vivir el matrimonio, los hijos del matrimonio (que no solían ser pocos), las mascotas del matrimonio y los millones de objetos que una familia puede llegar a acumular con el paso de los años: utensilios de cocina, juguetes para niños y mil trastos más que habían dejado de funcionar hacía años pero que se apilaban en los rincones más inusuales de la pequeña residencia.
El mayor problema de la falta de espacio de las viviendas se daba cuando llegaba la hora de dormir, ya que solo el matrimonio tenía habitación propia. Los demás miembros de la familia se tenían que repartir la casa como buenamente podían, haciendo uso del desván, de habitaciones microscópicas donde tenías que dormir tres persona, o, incluso, de la fría cocina para el desafortunado benjamín de la familia.
Tampoco era de extrañar que al más pequeño le tocara la habitación más insólita para dormir, ya que el trato que recibían los niños y adolescentes en el siglo XIX dejaba mucho que desear.
Para empezar pequeños de menos de 7 años se veían obligados a abandonar la escuela para trabajar como mano de obra barata, teniendo que soportar la violencia física que sus superiores ejercían sobre ellos, y cobrando la misma miseria, incluso menos, que los adultos.
Pero la situación no mejoraba cuando llegaban a casa, ya que recibían el mismo trato que los objetos inútiles que se amontonaban por las esquinas de la vivienda.
Cosas tan educativas como "¡Vete a tu rincón!" se escuchaban con frecuencia en los barrios obreros del siglo XIX y no iban dedicadas más que a pobres niños que se sentían un estorbo, que pensaban que ni hacían ni dejaban hacer y que en sus pequeñas casas había sitio para todo menos para ellos.
Ana Mula Mesa. 4º ESO A
La sociedad del siglo XIX era una sociedad aún dividida en clases donde la burguesía tenía el máximo poder. Se estaba sufriendo el éxodo rural, que hacía que las familias emigraran a la ciudad en busca de trabajo en fábricas, trabajos que resultaban tener unas condiciones nefastas y donde las jornadas laborales superaban las 14 horas con salarios excesivamente bajos que no permitían llevar unas condiciones de vida favorables.
Las casas eran muy pequeñas e incómodas, situadas tras los talleres donde pasaban la mayor parte del día trabajando y junto a las cuadras donde se encontraban los animales. En una minúscula residencia para apenas un matrimonio, llegaba a vivir el matrimonio, los hijos del matrimonio (que no solían ser pocos), las mascotas del matrimonio y los millones de objetos que una familia puede llegar a acumular con el paso de los años: utensilios de cocina, juguetes para niños y mil trastos más que habían dejado de funcionar hacía años pero que se apilaban en los rincones más inusuales de la pequeña residencia.
El mayor problema de la falta de espacio de las viviendas se daba cuando llegaba la hora de dormir, ya que solo el matrimonio tenía habitación propia. Los demás miembros de la familia se tenían que repartir la casa como buenamente podían, haciendo uso del desván, de habitaciones microscópicas donde tenías que dormir tres persona, o, incluso, de la fría cocina para el desafortunado benjamín de la familia.
Tampoco era de extrañar que al más pequeño le tocara la habitación más insólita para dormir, ya que el trato que recibían los niños y adolescentes en el siglo XIX dejaba mucho que desear.
Para empezar pequeños de menos de 7 años se veían obligados a abandonar la escuela para trabajar como mano de obra barata, teniendo que soportar la violencia física que sus superiores ejercían sobre ellos, y cobrando la misma miseria, incluso menos, que los adultos.
Pero la situación no mejoraba cuando llegaban a casa, ya que recibían el mismo trato que los objetos inútiles que se amontonaban por las esquinas de la vivienda.
Cosas tan educativas como "¡Vete a tu rincón!" se escuchaban con frecuencia en los barrios obreros del siglo XIX y no iban dedicadas más que a pobres niños que se sentían un estorbo, que pensaban que ni hacían ni dejaban hacer y que en sus pequeñas casas había sitio para todo menos para ellos.
Ana Mula Mesa. 4º ESO A
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